El cielo no era más que un techo coloreado,
lleno de misterios.
Debajo, árido, inerte, el suelo.
Astronautas y oxidados paleontólogos
se disputaban la última palabra.
Una de las tantas Fuerzas Creadoras,
sóla y magestuosa se reía de ellos.
Cuando sólo quedaba una estrella por ser descubierta,
y el último requecho de osamenta añeja a ser desentarrada,
astronautas y paleontólogos se quisieron reir de la Fuerza,
y ésta con un rayo eléctrico, lumínico y poderoso,
rióse de ellos al fin.
Cuentan que otros seres mas idiotas que ellos,
quisieron milenios más tarde desenterrar sus restos.
Pero eran más idiotas, y por ende más buenos.
La Fuerza dejó caer una lágrima de compasión,
que los ahogó en un mar de dudas y misterios.
Nunca más se supo de ellos.
Lautaro F. Bracco
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